No dejar la silla vacía

Alejandro Pignato,  presidente de la F.E.P.

La Asamblea General del 30 de octubre abrió una nueva etapa para la Fundación Europea para el Psicoanálisis. Este momento convoca a la vez a la gratitud, porque nada de lo que hoy comienza sería posible sin el trabajo ya realizado, y a la gravedad, porque nuestra época no permite conformarse con poco.

Una continuidad, no una repetición

Durante tres años, el Bureau trabajó para devolver a la FEP un marco sólido. Se revisaron los estatutos y la situación jurídica de la Fundación. Se creó la categoría de miembro asociado para acoger a las jóvenes generaciones, así como el Colegio FEP de Estudios e Investigaciones. Los coloquios y los encuentros se multiplicaron, a menudo junto con otras asociaciones, en Europa y más allá. El número de miembros casi se duplicó, y la Newsletter llega hoy a más de once mil lectores. No se trata de un balance administrativo. Es la prueba de que un lugar de psicoanálisis plural, sin doctrina impuesta y sin pensamiento único, responde a una expectativa real. Este logro es el de los colegas del Bureau saliente, a quienes hay que agradecer aquí: es un logro colectivo, y la nueva etapa también lo será.

Un agradecimiento muy especial a Jean-Marie Fossey. En siete años de presidencia, atravesó momentos institucionales difíciles con rigor, tacto y una constante preocupación por el diálogo. Transmite una Fundación en pie, y no una estructura que haya que reconstruir. Supo mantenerse fiel al legado de Claude Dumézil, Charles Melman, Gérard Pommier y Moustapha Safouan, y lo hizo prolongándolo en lugar de repetirlo.

El psicoanálisis en la ciudad: una ofensiva que no es casual

Nadie lo ignora: el psicoanálisis es hoy objeto de un cuestionamiento creciente, cuyo alcance excede ampliamente las controversias teóricas y clínicas que atraviesan legítimamente su campo. Su lugar es impugnado en la universidad, su palabra tiende a ser descalificada en el debate público, sus referencias y sus prácticas son progresivamente marginadas en las instituciones sanitarias y educativas. Las iniciativas recientes dirigidas a restringir su reconocimiento institucional, y las movilizaciones que suscitaron, dan testimonio de la realidad de lo que está en juego. Si bien se han podido obtener algunos retrocesos, estos no deberían ocultar la persistencia de un movimiento más profundo.

Estos cuestionamientos no son aislados ni independientes entre sí. Se inscriben en una transformación más general de las concepciones del cuidado, del saber y del sujeto, dominada por el imperativo de la evaluación, la estandarización de las prácticas, la generalización de los protocolos y la búsqueda de resultados cuantificables. En esta lógica, el sufrimiento psíquico tiende a reducirse a un conjunto de disfunciones o de conductas que corregir, mientras que la eficacia del tratamiento se mide cada vez más por su rapidez, su conformidad con las normas y su rentabilidad. Lo que escapa a la medición, a la predicción o a la clasificación corre entonces el riesgo de ser considerado desdeñable, cuando no ilegítimo.

A esta evolución se suma ahora el desarrollo de los dispositivos digitales y de las inteligencias artificiales, que prometen una disponibilidad permanente, una escucha sin sujeto y una palabra sin verdadero destinatario. Sin desconocer las posibilidades que abren estas tecnologías, su auge obliga a interrogar lo que distingue el intercambio de información de la experiencia de la palabra, la producción de una respuesta del compromiso de una escucha, y la asistencia automatizada del encuentro clínico. Porque la palabra no se reduce a un contenido que procesar ni a una demanda que satisfacer: compromete a un sujeto, su historia, su deseo y aquello que, de sí mismo, se le escapa.

Frente a estas transformaciones, el psicoanálisis no defiende un privilegio corporativo ni una posición de excepción que lo sustraiga a la crítica o a la exigencia de dar cuenta de sus prácticas. Sostiene una concepción del sujeto como ser de lenguaje, atravesado por el inconsciente, irreductible a sus conductas, a sus rendimientos, a la norma y a la estadística. Recuerda que el síntoma no constituye solamente una disfunción que suprimir, sino que pone en juego una verdad singular de la que el propio sujeto no dispone por completo.

Lo que está en juego excede así el mero reconocimiento de una disciplina o la preservación de sus instituciones. Concierne al lugar que una sociedad consiente en dejar al inconsciente, a la conflictividad psíquica, a la singularidad y a aquello que resiste a los ideales contemporáneos de dominio y de transparencia. Por eso el psicoanálisis no puede permanecer ajeno a las decisiones que comprometen el futuro de la atención psíquica. Allí donde se definen sus orientaciones, sus prácticas y sus finalidades, no puede dejar la silla vacía sin contribuir, con su misma ausencia, a la desaparición de aquello que precisamente tiene la tarea de sostener.

Una Europa en tensión

Esta ofensiva se despliega en un paisaje político que debe alertarnos. En toda Europa, los ciudadanos salen a la calle. Protestan contra la carestía de la vida, contra la imposibilidad de acceder a una vivienda, contra la precariedad y contra la sensación de no ser escuchados. Estas movilizaciones dicen algo verdadero: un sufrimiento social que busca hacerse oír, y una palabra que se niega a ser confiscada.

Pero al mismo tiempo, la extrema derecha avanza y se instala a las puertas del poder, cuando no lo ejerce ya. Promete respuestas simples a angustias complejas. Señala chivos expiatorios, en primer lugar al extranjero. Desprecia los cuerpos intermedios, desacredita el debate y reduce la palabra al eslogan. Freud mostró en qué se convierten las masas cuando se agrupan en torno a un líder y a un enemigo común. Lacan recordó que «el inconsciente es la política».

La FEP no es un partido ni un sindicato, ni pretende llegar a serlo. Pero el psicoanálisis no puede reivindicar una neutralidad que lo vuelva indiferente ante lo que amenaza sus propias condiciones de posibilidad: la libertad de palabra, la irreductible singularidad del sujeto y el rechazo de la segregación. Allí donde la falta debe ser colmada, la duda abolida y la alteridad recusada, es el lugar mismo del sujeto del inconsciente el que se ve amenazado. El psicoanálisis no puede eludir esta responsabilidad sin renunciar a aquello que lo funda: frente a lo que amenaza sus condiciones de existencia, el silencio ya no es neutralidad, sino que implica ya una toma de posición.

Una invitación y una exigencia

El psicoanálisis no se ejerce fuera del mundo ni al margen de las transformaciones que lo atraviesan. Pretender escuchar al sujeto sin tomar la medida del malestar de su época es arriesgarse a desconocer las condiciones mismas en las que su palabra puede advenir. Esta responsabilidad compromete a cada uno de los miembros de la Fundación y exige una política activa de presencia, de transmisión y de desarrollo.

Nos corresponde multiplicar los espacios de encuentro, las conferencias públicas, las jornadas de estudio y las iniciativas de investigación, favoreciendo su despliegue más allá de los grandes centros institucionales y de las capitales. El desarrollo de la FEP supone apoyar las iniciativas locales, acompañar el surgimiento de nuevos grupos, reforzar los grupos de trabajo existentes y crear las condiciones para una verdadera circulación de las elaboraciones clínicas y teóricas. Se trata de hacer de la pluralidad de orientaciones, de experiencias y de contextos de práctica no solo un principio afirmado, sino un recurso vivo para el trabajo colectivo, en el respeto de la ética de nuestra disciplina.

Esta dinámica debe traducirse también en una presencia más firme del psicoanálisis en los lugares donde se piensan y se deciden las orientaciones de la atención psíquica: las instituciones sanitarias, la escuela, la universidad, los espacios de formación y el debate público. La Fundación debe poder apoyar a sus miembros en sus iniciativas y en sus tomas de palabra, favorecer los intercambios con otras disciplinas y contribuir a abrir nuevos espacios de diálogo.

Por último, su desarrollo descansa en la ampliación y la consolidación de sus vínculos internacionales, en la cooperación entre asociaciones, en la acogida de nuevas generaciones de practicantes y en la creación de redes capaces de sostener de forma duradera la investigación, la formación y la transmisión. No se trata solo de aumentar la presencia de la FEP, sino de darle los medios para ser un lugar de elaboración, de confrontación fecunda y de invención, atento a la diversidad de situaciones en las que el psicoanálisis se practica y se reinventa.

Desarrollar la Fundación no es, pues, simplemente ampliar su red o reforzar su visibilidad: es multiplicar los lugares donde la palabra analítica pueda hacerse oír, donde el trabajo clínico pueda elaborarse y donde el deseo de psicoanálisis pueda encontrar cómo transmitirse.

La FEP debe ser lo bastante sólida para hacer del debate un recurso, y lo bastante abierta para que la pluralidad de orientaciones siga siendo el principio de su existencia. Pero su vitalidad y su desarrollo no pueden descansar únicamente en la fuerza de sus estructuras: dependen ante todo del deseo de quienes la hacen vivir. Es ese deseo el que nos corresponde seguir sosteniendo, poner a trabajar e inscribir en una dinámica colectiva de transmisión, de elaboración y de apertura a nuevas perspectivas.