LA DEMOCRACIA Y LA ASOCIACIÓN

FRENTE AL RIESGO DE LO LLENO

Laura Pigozzi

La crisis actual de la democracia —y de la asociación— es ante todo una crisis de la representación. Aquello que debería permanecer como función tiende a transformarse en Cosa plena. La política contemporánea ofrece una ilustración impactante: el jefe ya no encarna la autoridad simbólica, sino que tiende a ocupar, con su poder y también con su cuerpo, el lugar vacío. Lo satura, lo confunde con su persona, su imagen, su goce. Allí donde debería mantenerse una distancia estructurante, se impone una presencia totalizante.

 Este desplazamiento es inseparable del autoritarismo contemporáneo, uno de cuyos principales correlatos es la infantilización de los pueblos, donde el sujeto político queda reducido a consumidor de decisiones, dispensado de la responsabilidad de la falta, aliviado de la incomodidad del vacío. Pero una democracia que promete lo lleno prepara siempre el terreno de su propia negación.

En esta saturación del lugar, el discurso del amo se despliega en su forma más actual: pretende abolir la falta y, al hacerlo, impide que el deseo se desplace hacia otra parte, fijándolo en la búsqueda de poder, donde el deseo se consume en la identificación con el amo.

 Lo mismo ocurre en el plano del pensamiento. Toda forma de rigidización —incluido el refugio defensivo en teorías consolidadas, repetidas como dogmas— constituye ya una autorización al autoritarismo del pensamiento. Cuando la teoría deja de ser una herramienta abierta y se convierte en un refugio identitario, cierra el lugar del debate y reproduce, a su manera, la saturación del vacío democrático.

 La democracia se sostiene en un lugar vacío que nadie debería ocupar. Es precisamente esta vacancia la que hace posible la circulación de la palabra, la conflictividad, la representación.

El vacío es lo que hace posible el funcionamiento, como en el juego del 15, ese rompecabezas de piezas deslizantes de finales del siglo XIX, en el que el juego solo es posible gracias a la presencia de una casilla vacía.

 Nuestra asociación tiene vocación de apertura, lo cual no es una fórmula ni una consigna, sino un principio estatutario, ético y político. Abrir no significa ceder al relativismo ni disolver los referentes; significa consentir que el lugar permanezca inapropiable, que la función no se transforme en propiedad, que el desacuerdo pueda circular sin ser inmediatamente descalificado.

El Bureau es una función cuya vocación no es llenar la “casilla vacía”, sino representarla. Es un operador simbólico. La democracia vacila en el mismo momento en que el lugar simbólico se confunde con un objeto, un bien a defender, una teoría fuerte y rígida.

 La F.E.P. ha sido siempre una puerta abierta para quienes amaban la “casilla vacía” y para quienes huían tanto del maso chiuso, ese repliegue cerrado de las organizaciones hiperidentitarias, como del peligro endogámico del sobre-asociacionismo, así como de la función de vestal a la que mujeres y hombres de pensamiento han sido a veces reducidos en su seno.

 Representar el lugar como vacío, en lugar de llenarlo, es una decisión política y simbólica.

 El repliegue identitario no es una defensa del psicoanálisis, sino ya un síntoma de su declive.

 Preservar el vacío es el acto más exigente de la democracia. Allí donde lo lleno tranquiliza y aliena, el vacío obliga a pensar, a representar, a responder por los propios actos.

 Y es a esta exigencia a la que estamos llamados a sostenernos, para no convertirnos en una Institución como máquina de reproducción del discurso del amo.

 En lugar de lo lleno, son el corte, la partición, el umbral, el entre-dos los que constituyen las únicas condiciones de posibilidad de la subjetividad, la cual, como tal, es siempre no-toda.

 Ellos representan ese resto que mantiene unida la vida, tanto en el sujeto como en la institución con vocación humanizante.

 Lo que falta es lo que funda. Y nosotros somos, precisamente, una Fundación para el psicoanálisis.