EL FANTASMA DEL HOMBRE «AL QUE NO LE FALTARÍA NADA»
Jean-Marie Fossey
En el momento en que los candidatos a los exámenes de paso entre la secundaria y los estudios superiores se disponen a cerrar a Shakespeare, Molière, Goethe, Cervantes, Dante o Camões, vale la pena recordar que sus obras no son simples objetos de estudio. Son lugares donde cada generación encuentra aquello que, en la condición humana, escapa al tiempo y sigue concerniéndola.
Si estos autores nos siguen resultando contemporáneos, es porque dan una forma singular a las grandes experiencias de la existencia que atraviesan las épocas: el amor, el poder, la muerte, la libertad, el deseo. Sobre la cuestión del deseo, el Don Juan de Molière, como el Don Giovanni de Mozart que prolonga su figura, ofrecen una ilustración particularmente esclarecedora. Ambos ponen en escena un deseo que nunca encuentra su realización, que se relanza sin cesar y persiste más allá de cada satisfacción. Es esta repetición, esta búsqueda siempre reiniciada, la que sigue hoy interrogándonos.
Pero Molière no se detiene en la mera descripción de un deseo insaciable. Muestra también sus efectos en la relación con el Otro. Su Don Juan no es solo un libertino brillante, seductor y audaz; encarna a un hombre que no consiente ningún límite a su goce. Para sostener esta búsqueda sin fin, miente, manipula y reduce al otro al estado de objeto al servicio de su deseo. A través de esta figura, Molière saca así a la luz una verdad inquietante: los callejones sin salida del lazo social, la violencia y las rivalidades humanas no se explican solo por las condiciones externas o la organización del mundo. También hunden sus raíces en aquello que, en el corazón mismo del sujeto, insiste, lo divide y lo empuja a la repetición.
Lo que Molière muestra en la ficción, Freud lo elaborará teóricamente varios siglos después. Con el concepto de pulsión de muerte, y luego en El malestar en la cultura, mostrará que las exigencias de la convivencia chocan con una agresividad constitutiva de las relaciones humanas.
Nuestra época parece atrapada en una contradicción permanente. Por un lado, las guerras, las crisis ecológicas y las tensiones geopolíticas recuerdan brutalmente los límites humanos. Por otro, las innovaciones tecnológicas y la inteligencia artificial alimentan la esperanza de un dominio creciente del mundo y, a veces, incluso de la condición humana. Entre estos dos polos se encuentra una ilusión que el psicoanálisis no ha dejado de interrogar.
Un fantasma de dominio que deshace aquello que Lacan sitúa en el corazón de la experiencia humana: la falta constitutiva. Al entrar en el lenguaje, el sujeto pierde algo que nunca podrá ser recuperado. Siempre queda un desfase, un imposible de colmar. De esta falta nace el deseo, y por eso ningún objeto, ningún éxito, ninguna conquista pueden aportar una satisfacción duradera.
Sin embargo, este fantasma resiste: el de un hombre supuestamente plenamente realizado, sin falla ni defecto. Lacan lo condensa en esta fórmula: «Don Juan es un hombre al que no le faltaría nada».
A través de esta figura aparece un hombre que rechaza todo límite: moral, social, religioso, pero también aquel que marca al deseo mismo, la imposibilidad de estar plenamente satisfecho. Siempre una nueva conquista, siempre un nuevo objeto, siempre una nueva quimera. Don Juan no deja de sostener el fantasma de una plenitud sin falla, como si la castración simbólica no le concerniera. Se presentaría así como una excepción a la condición del parlêtre, condenado a existir solo a partir de la falta que lo constituye. Es sin duda en este sentido que hay que entender esta observación de Lacan en El Seminario, La angustia: Don Juan «está siempre ahí en el lugar de otro. Es, si se me permite decirlo, el objeto absoluto». Don Juan fascina precisamente porque parece dar cuerpo a este fantasma de excepción: un goce sin falta. Más aún, a los ojos de los demás, aparece como quien poseería aquello que a ellos les falta. Ocupa el lugar de ese objeto inasible que Lacan llama el objeto a, no el objeto que se supone debe satisfacer el deseo, sino el que lo pone en movimiento y lo causa.
Pero es precisamente ahí donde está la impostura, que la escena final de Don Juan viene a desvelar: nadie puede ocupar de manera duradera semejante posición de excepción. Nadie puede ser el objeto que colmaría el deseo del Otro. Detrás de la ficción de la omnipotencia y de la completud, aquello que resiste a los intentos de dominio termina siempre por hacer retorno.
La modernidad, sin embargo, sigue dando vida a Don Juan bajo formas nuevas. Se lo reconoce en los dirigentes políticos que desafían las instituciones, las leyes de la naturaleza, en los magnates de la tecnología que aspiran a vencer la muerte o a colonizar otros mundos, en las figuras mediáticas que escenifican una existencia liberada de toda restricción. Todos muestran la misma creencia: que sería posible superar los límites inherentes a la condición humana. Bajo los ropajes del poder, de la celebridad o de la innovación, Don Juan prosigue así su desafío lanzado contra lo real. El «éxito» contemporáneo de estas figuras da testimonio de la fuerza persistente de este fantasma, que lo real termina siempre por hacer fracasar.
En el momento en que se perfila el próximo congreso de la Fundación Europea para el Psicoanálisis, ¿no podríamos añadir que esta verdad se manifiesta primero en el cuerpo?
Porque si la falta es constitutiva del sujeto, el cuerpo es uno de los lugares privilegiados de su inscripción, de su escritura. El cuerpo del que habla el psicoanálisis no se reduce ni al organismo descrito por la biología ni al cerebro explorado por las neurociencias. Los avances contemporáneos en el conocimiento de lo vivo son considerables y renuevan profundamente nuestra comprensión de los mecanismos biológicos y cognitivos. Pero no agotan, sin embargo, la cuestión del sujeto ni la de la relación singular que cada uno mantiene con su cuerpo.
Allí donde Don Juan sueña con un goce sin trabas, el cuerpo recuerda incansablemente que existe una parte irreductible que escapa al dominio. Reducir el cuerpo a su realidad biológica no basta. El cuerpo humano es un cuerpo atrapado en el lenguaje, marcado por una historia singular y atravesado por el deseo tanto como por el goce. El inconsciente se inscribe y se manifiesta allí, recordando que siempre queda un resto que escapa al dominio y resiste a los ideales contemporáneos de optimización y control.
Es precisamente en este punto donde el psicoanálisis conserva hoy toda su fuerza y su actualidad: nos recuerda que el cuerpo no se limita a lo que la ciencia puede conocer de él, sino que es también aquello con lo que cada uno debe inventar una manera singular de vivir, de desear y de gozar.
Por lo tanto, lo que nos enseñan Freud, Lacan y la clínica comporta una dimensión profundamente subversiva. Es precisamente en este sentido que el psicoanálisis es subversivo: muestra que el deseo solo se sostiene de la falta; pretender abolir esta última es desconocer la estructura misma del sujeto.