Preservar el vacío en la era del exceso

Alejandro Pignato

La época actual se caracteriza por una promesa insistente: todo es posible. La sociedad de consumo, sostenida por la lógica del capitalismo contemporáneo, no se limita a ofrecer objetos; se presenta como respuesta a la falta misma. Allí donde el sujeto tropieza con un agujero estructural —ese vacío que, como nos ha señalado Jacques Lacan, no es contingente sino constitutivo— el mercado propone una solución inmediata, disponible, personalizable.

La falta ya no se piensa como condición del deseo, sino como un déficit que hay que corregir. El discurso capitalista promete suturar el agujero, colmar la brecha, eliminar el límite. Así, la idea de completud deja de ser un fantasma para convertirse en un imperativo. Y allí donde todo parece posible, se abre la vía de un goce sin medida.

Vivimos, en efecto, en la era del exceso: exceso de información, de consumo, de rendimiento, de exposición. Pero también exceso en las formas del sufrimiento. Las adicciones, el agotamiento, las compulsiones y los fenómenos de desbordamiento subjetivo no son simples patologías individuales: constituyen respuestas a un imperativo superyoico que ya no se enuncia como prohibición, sino como exigencia de gozar. ¡Más! ¡Siempre más!

Cuando el límite simbólico se debilita, el sujeto se encuentra confrontado a un goce que ya no pasa por la mediación de la palabra. El malestar ya no se presenta necesariamente como síntoma a descifrar, sino como descarga, cortocircuito, urgencia. Allí donde la cultura promete la completud, el cuerpo responde con el exceso.

En su editorial de febrero, Laura Pigozzi nos recordaba que «representar el lugar como vacío, en lugar de llenarlo, es una decisión política y simbólica». Preservar el vacío no es una consigna abstracta: es una posición ética. Allí donde lo lleno tranquiliza y aliena, el vacío obliga a pensar. Pero aún más, ese vacío no solo funda la subjetividad: es lo que pone el deseo en movimiento. Sin esa distancia, sin esa incompletud sostenida, la dinámica del deseo se extingue bajo el peso de la saturación.

Podemos prolongar esta afirmación: preservar el vacío implica también un compromiso político del psicoanálisis. No se trata de ocupar el lugar de nuevas respuestas totales ni de ofrecer un saber cerrado frente al desconcierto contemporáneo. Se trata más bien de sostener una brecha por la cual el deseo pueda volver a circular.

El psicoanálisis es, por estructura, un discurso «otro». Introduce una hiancia allí donde el discurso dominante promete la completud. Pero esta alteridad no está garantizada de una vez para siempre. Siempre existe el riesgo de que el propio psicoanálisis se rigidifique, se transforme en un cuerpo doctrinal cerrado, en una identidad que defender, en un saber completo. En ese momento, caería en la misma trampa que denuncia: la ilusión de lo pleno que asfixia la búsqueda subjetiva.

La historia de la F.E.P., desde la iniciativa de sus cuatro fundadores, se inscribe en una apuesta diferente: sostener un espacio abierto, donde el vacío no sea eliminado sino representado; donde la transmisión no se confunda con la reproducción dogmática; donde la asociación no se convierta en un refugio identitario.

En este contexto, el próximo coloquio en Madrid se presenta como una invitación a pensar juntos los excesos de nuestra época y la posición del analista frente a ellos. ¿Cómo intervenir cuando el límite ya no opera desde lo simbólico? ¿Cómo sostener una presencia que haga borde sin transformarse en un nuevo ideal? ¿Cómo ofrecer un lugar que no prometa la completud y que, precisamente por eso, permita al sujeto relanzar su deseo?

Interrogar el exceso no significa lamentar un orden perdido ni proponer restauraciones imaginarias. Significa asumir que la falta no es un déficit que haya que corregir, sino la condición misma de la subjetividad y el motor indispensable de nuestro impulso hacia el otro.

Preservar el vacío, hoy, es un acto exigente. Es también una responsabilidad. Y es en torno a esa responsabilidad que los invitamos a encontrarnos en Madrid, para hacer de ese vacío no un lugar de angustia paralizante, sino el punto desde el cual todavía es posible pensar, hablar, desear y transmitir.